La historia de un niño y una biblioteca
Hubo una vez que un niño, de solo doce años, tuvo que dejar de asistir al colegio porque debió ponerse a trabajar para ayudar a sostener a su madre y a sus cuatro hermanas. Ese niño había quedado huérfano de padre cuando tenía cinco años. Su papá murió de malaria persiguiendo un sueño de tener una mina de oro. Cuando su padre falleció, el hermano mayor del niño de hizo una promesa: “Yo voy a trabajar para ayudar a sostener la casa, y tu, mientras tanto, vas a estudiar, porque en esta casa alguien tiene que estudiar”. Era otra época, hace muchos años, y en ese momento de sus cuatro hermanas no se esperaba ni que ayudaran a sostener la casa ni que estudiaran. El niño protagonista de nuestra historia se dedicó entonces a estudiar y cursó sus estudios de primaria en una escuela normal, donde como era normal, aparte de estudiar, también jugaba al futbol, a lo cual él decía que jugaba muy mal, pero que podía jugar. También estudiaba y leía. Y también ayudaba a su abuelo – que se llamaba Juan - a hacer las arepas a las cinco de la mañana para que sus hermanos al despertar encontraran el desayuno y el chocolate listo.
Un día muy triste su hermano se fue de paseo con unos amigos a bañarse a una quebrada cerca del pueblo donde vivían. Nunca se volvió a saber de él, pues por no saber nadar se ahogó y el río se lo llevó. El niño de nuestro cuento perdió a su hermano mayor y quedó como el único varón sobreviviente de esta familia que solo contaba para sostenerse con las manos de un abuelo anciano y de una madre desconsolada, pocas manos para lograr los medios de subsistencia que requerían. Ese niño tenía entonces doce años.
Sus tíos, que tenían un almacén de abarrotes que vendían de todo, lo llamaron para conversar con él. Y la conversación sucedió así:
- “Mijo, lo mandamos a llamar porque hoy tenemos dos noticias para darle, una buena y una mala. ¿Cuál quiere que le digamos primero?
- Pues tío, la mala.
- La mala es que usted no puede ir más a la escuela, usted debe salirse de estudiar porque ahora usted es el hombre de la casa y debe ayudarle a su abuelo y a su mamá a sostener su hogar. De hoy en adelante debe ponerse a trabajar, de usted depende que no pasen hambre.
- ¿Yo? ¿Trabajar? ¿¡Y en qué, si solo tengo doce años y no se hacer nada!?”
La preocupación del futuro se cernió sobre él como una enorme sombra. En ese momento vio como su infancia terminaba, como nunca volvería a jugar futbol y sintió una gran zozobra, pues su mente, aunque aún infantil, pudo comprender el tamaño de la responsabilidad que sus tíos habían depositado sobre sus hombros.
Su tío, viendo su cara de desconcierto, suavizó el tono y le dijo:
“Mijito, le falta la segunda parte de la noticia, la parte buena, de eso no hemos hablado aún… mire que le hemos conseguido trabajo. Su primo, que recién se gradúa de la universidad y quien es hoy abogado, necesita un muchacho que le haga los mandados, que le sirva el tinto y que le mantenga limpia la oficina. Y ese muchacho va a ser usted”.
De esta manera abrupta terminó la infancia del niño de nuestra historia. El lunes siguiente, no se fue a la escuela con su maletín y cuadernos al hombro, sino que se fue al centro de la ciudad de Medellín a ser mensajero de una oficina de un abogado. Allá le enseñaron a hacer el tinto, a servirlo dos veces al día, a ofrecerle tinto a los visitantes, a barrer la oficina todos los días, a botar la basura en la tarde y a llevar papeles y pedir sellos en diferentes oficinas de la ciudad. Pero ese primo notó que el niño de nuestra historia aprendía rápido y que le sobraba tiempo para más cosas, de modo que le a los pocos días de estar ahí le dijo:
“ Mire primo, yo veo que a Usted le sobra mucho tiempo y yo no tengo mucho más que ponerlo a hacer. ¿Por qué no usa el tiempo que le sobra para que de esta biblioteca que tengo aquí escoja un libro de su gusto, se lo lee en una semana y luego me presenta un reporte escrito? Así usted no se aburre tanto y yo no me estreso de verlo sentado haciendo cara triste…”
Y así empezó para el protagonista de esta historia un nuevo capítulo de su vida: Hablaba de este período como uno de los más felices de su vida; decía que se abrió para él un mundo de horizontes infinitos, donde todo era posible y alcanzable, donde leía historias que le decían que para conquistar el mundo sólo había que proponérselo y hacerlo, un mundo donde soñar era permitido y donde realizar los sueños era posible. De esta manera, a sus doce años descubrió a Napoleón y su vida, y se sorprendió de como ese hombre, que había nacido en Córcega como un niño pobre, al haberse hecho soldado soñó con ser alguien y llegó a ser Emperador de Francia. Leyó y estudió el libro de “La Riqueza de las Naciones” de Adam Smith y allí entendió que había unas leyes económicas que regían el mundo y que había que dominarlas. Se leyó también “El Capital” de Carl Marx y por algunos años adoptó el ideal socialista que proclamaba el libro como un ideal para ser aplicado en el gobierno colombiano. Encontró libros que lo llevaron a aprender sobre temas y conceptos mucho más avanzados de los que estaban estudiando sus compañeros de colegio y esta formación “informal” lo acompañaría como una ventaja para siempre a través de su vida.
El niño protagonista de esta historia fue John Gómez Restrepo, mi padre. Y con mucho orgullo puedo decir que cincuenta y ocho años después de haber protagonizado la historia de ser el niño que debía abandonar sus estudios, lo oí decir a la Junta Directiva de Productos Familia que él quería devolverle a la ciudad de Medellín la posibilidad de que algún niño como él pudiera encontrar en una biblioteca cercana a su casa la educación que la precariedad económica o la imposibilidad de estudiar le hubieran robado.
En ese momento surgió la iniciativa de abrir tres bibliotecas Familia en barrios marginales de Medellín, bibliotecas que hoy aun funcionan y son centros comunitarios muy importantes, en los barrios de La Esperanza, El Raizal y en Villa Tina.
En Razón Amorosa hemos adoptado esta misma inspiración, queriendo llevarle a niños de barrios marginales de Colombia la oportunidad de que desarrollen su imaginación y curiosidad por el mundo acercándolos a bibliotecas infantiles que promuevan el ejercicio de la lectura y la comunicación a través de los libros que podamos llevar a ellos. En esta época donde prima la influencia digital en la construcción de conocimiento, consideramos imperativo acercar a los niños a la lectura, ayudarles a alimentar su imaginación a través de imágenes impresas y a mejorar sus habilidades de lecto escritura a través de las bibliotecas que podamos construir y sostener cerca de sus hogares, proporcionando allí también espacios seguros para el esparcimiento y la construcción de comunidad.
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lugares dónde nuestros niños puedan aprender a imaginarse un mundo mejor.